domingo, febrero 05, 2006

Los dos cerditos y el marrano

Érase una vez dos cerditos y un marrano, oing, oing. Los pajaritos revoloteaban con una jubilosa alegría y el gallo ya había cantado, porque era temprano. Los dos cerditos se disponían a disfrutar del nuevo día, más, como habían tomado la decisión de irse de su casa en busca de aventuras, estaban excitados. El marrano, oing, oing, gordiflón y gandul estaba soñando en un buen bocado, y eso que la mañana ya estaba avanzada. Los dos cerditos; uno ingeniero y otro abogado, habían hecho las maletas, claro, su mama los había ayudado. El marrano, oing, oing, con su E.G.B. en la mano, acababa de levantarse y su padre le dijo:

- Joder, marrano, que ya es tarde y no te quiero ver adormilado.

- Pero... papa, si no hay prisa, es que estoy cansado... - dijo el marrano.

- Calla y corre, que las excusas solo le valen a los marranos gordos y gandules.

Los cerditos, ya desayunados, le hacían comprender a su mama el porque de su búsqueda de aventuras:

- Mama, tenemos que crecer, y, aquí, tan bien cuidados no lo lograremos como nosotros siempre lo hemos deseado.

- Lo sé hijitos, pero, es que, como sabéis, yo siempre os he amado.

- Y nosotros a ti, mama, pero volveremos pronto forrados.

- Eso espero, mis preciosos cerditos...

Cuando mama cerdita decía eso, el marrano, oing, oing, entraba por la puerta, los dos cerditos se levantaron del regazo de mama, y el marrano, oing, oing, por no ser menos se sentó donde estaban antes sus hermanos:

- ¡Uuuggghhh!, joder marrano, que culo más pesado. - decía mama cerdita al marrano.

- Ui, lo siento, pero es que me quedé embobado al ver ahí a mis dos hermanos, en tú regazo, y quise, ahora que me voy, recordar los viejos tiempos.

- ¡Uugghh!, sabes que yo siempre te he alimentado, pero, ¿no ves que has engordado?

- Un poco quizá, eso es que me has bien alimentado, ¡gracias mama!. - decía mientras el marrano apretujaba a mama cerdita.

- ¡Uuuuuggggghhhhh! Pa... pa... pa... ¡para marrano!, que ¡ugh! me estas ahough... ahogando.

El marrano, oing, oing, se levantó del añorado regazo de su mama, despidiéndose como sus dos hermanos y emprendió un viaje antes añorado y ahora asustado.

Al cabo de un rato, el marrano, oing, oing, se encontraba cansado:

- Hermanitos, hermanitos, estoy agotado.

- ¡Yaaaa...!, pero si apenas hemos andado unos pocos kilómetros.

- Lo sé, solo será un rato, mientras me ato el zapato.

- De acuerdo, hazlo rápido, que pronto anochecerá y no me apetece ser presa de ningún lobo malvado.

Emprendieron su viaje, y anocheció, el cerdito ingeniero diseño una pequeña barraca con cañas, en la que pudieran dormir a gusto toda la noche, claro, que con el marrano, oing, oing, no era una tarea sencilla, ya que se salía por todos lados.

A media noche, escucharon un ruido, se trataba de un lobo malvado:

- ¡Eh!, cerditos y tú también marrano, porque no os enrolláis y me lo ponéis fácil saliendo de esa barraca que habéis, con tanta maestría, montado. Es que, joder, estoy harto del rollo ese del "soplaré y resoplaré y tu casa tiraré" y podríais salir. - decía el lobo con un "Ducados" casi acabado.

- No, dínoslo, porque no pensamos salir, lobo malvado, porque la ley del 16 de Abril de 1.977 dice que, "Será prohibida, por parte de los lobos, la comida de cerdo, y también de marrano, si no se cumplen las ciento setenta y dos leyes que son: A, punto uno"...

- ¡Joder!, vale, vale, que te ha pasado, ¿es que eres un jodido diplomado?- decía el lobo extrañado.

- Claro, licenciado en Derecho Civil, Mercantil y Laboral, por no hablar del Penal. - respondía el cerdito halagado.

- Pues, bueno, allá voy: "Soplaré y resoplaré y tu casa tiraré".

- Sopla y resopla, ya que mi casa, que con tanto esmero he creado, no podrás derribar de un soplido.

- Y tú serás un jodido cerdito arquitecto, ¿eh, colega?

- Más o menos, soy ingeniero.

- Que más da, lo único que sé es que me voy a pegar una inflada a comer que va a flipar la peña.

- ¿Comer?, oye, ¿me invitas lobo malvado?

- Y tú quien eres, ¿el Arquiñano?

- No, yo solo soy un marrano.

- Joder, claro, sal y verás que flipe de banquete que tengo aquí fuera...

- Voy de inmediato. - decía el inocente marrano que no sabía lo que era un lobo malvado.

Salió el marrano, oing, oing, de su seguro resguardo. El lobo, todo entusiasmado al ver tal marrano, oing, oing. se tiró de un feroz salto hacía su presa: el gordo marrano, oing, oing.

- Te voy a comer de un bocado, o... quizás tengo para todo un año.

- ¿Donde esta el banquete que me habías prometido? - decía el marrano cabreado.

- Eres tu marrano.

El marrano, oing, oing, al comprender lo que pretendía el lobo, se giró y lo cogió con una sola mano.

- ¡Joder! Este marrano es enorm...

- ¡Glup!. Ummm... ¡Que buenos están los lobos malvados! - decía el marrano, mientras, de un trago se tragaba a su feroz atacante.

- Bueno, vamos a seguir andando, que mi casa la has destrozado.

Siguieron andando. El marrano, oing, oing, con el estomago lleno era el más lento, y al llevar un rato andando, ya empezaba a estar, de nuevo, cansado.

- Vamos a parar, hermano.

- No, vamos a seguir, cuando lleguemos a esa selva, una casa de madera construiré para poder descansar.

- Esta muy lejos, son algunos kilómetros y no quiero andar.

- Ya será menos, además, allí encontraremos alimento...

- ¿Alimento?, ¿comida?... ¡Vamos!.

En menos de una hora se encontraban en la selva, un lago les dio bebida y baño y antes de que llegara la noche se construyeron una preciosa casa de madera de último modelo, marca del cerdito ingeniero. Claro, que la noche en la selva iba a ser de lo más peligroso, los ruidos y a veces el silencio, hacían difícil conciliar el sueño, pese a que el marrano, oing, oing, estaba tapando la entrada. En medio de la noche escucharon un ruido golpeando la pared de madera, se trataba de un gorila de más de dos metros que golpeaba la pared con toda su fuerza:

- Salid, salid, que tengo hambre y huelo carne fresca. - decía el gorila.

- ¿Porque tendríamos que salir si nos vas a devorar? - preguntó el cerdito ingeniero.

- Porque soy el Rey de esta selva y porque se me debe de hacer caso. -afirmó el gorila.

- No sabes la Ley del Código Penal que condena a los ...

- Calla cabrón, que las leyes me las paso por el culo, ¡yo!, soy el Rey y ¡yo! pongo las leyes, así que calla y sal para que te devore.

- ¿Te importa que salga yo, mi Rey?

- ¿Quien eres? Sal para que te pueda ver.

- Soy un simple marrano con hambre, y voy a salir. - decía el marrano, justo antes de salir.

- ¡Hostia!, no puede ser, debe ser que es de noche y las sombras deben de aumentar al marrano, pero, que jodidamente grande parece...

El gorila se acercó al marrano con intención de tragarlo de un solo bocado, pero al intentar hincarle el diente, sucede algo muy diferente, el marrano, oing, oing, se lo tragó como si de un caramelo se tratase, apenas lo masticó y un eructo se tiró.

- ¡¡¡Buuuurrrpppp!!!... Ummm... este si que estaba bueno, lo que ocurre es que tendría que haberlo pelado, ¡burp! los pelos son muy molestos, pero estaba exquisito.

- Dormiremos esta noche, mañana nos levantaremos temprano.

Al amanecer, los dos cerditos y el marrano, oing, oing, se encaminaron a lo que era su destino, la ciudad de Cityork, en la que en un día, ahora lejano, ellos habían soñado. Tardaron casi un día, pero al fin llegaron, aunque estaba anocheciendo los dos cerditos y el marrano, oing, oing, saltaban de alegría por lo que ellos, al mediodía, habían comentado:

- Crees, hermano, que la ciudad de Cityork será, como hasta ahora nos habían contado, un mundo diferente a cualquiera imaginado.

- Claro marrano, será la mayor ciudad que tú nunca has imaginado.

Tras ver la gran ciudad, ellos aun embobados, se metieron en un hotel, para que fuera su cuartel durante esa emocionante noche, en la que el sueño no aperecería, a excepción, claro está, del marrano, oing, oing.

Al día siguiente, el cerdito ingeniero, diseño su casa, una fortaleza de acero, plomo y cemento, resistente a cualquier contratiempo, incluido el peso del hermano marrano, oing, oing.

- Te has superado hermano, es la mejor de tus creaciones... - decía el Licenciado.

- Gracias Licenciado, pero simplemente es una casa que resiste al marrano.

- Oh, gracias hermano, por acordarte de mi, tu pobre hermano marrano.

Los tres hermanos pensaron y repensaron la manera de salir forrados de la soñada ciudad, la primera idea fue la de montar un restaurante, pero no funcionó porque el marrano, oing, oing, no podía contener el hambre que tenía. La segunda idea de la que disponían era de una empresa de edificios, pero nadie contrataba a un cerdito, aunque fuera ingeniero. También pusieron un despacho, pero tampoco querían a un cerdito por abogado, por lo que no funcionó.

- La discriminación nos esta hundiendo, quizá solo fuera un sueño...

- Un cerdito no puede triunfar en esta ciudad inmensa, en la que el hambre es lo único que interesa.

Al decir esto, los dos cerditos se miraron, estaba claro que una bombilla se había iluminado. Al día siguiente, en su casa, un gran elefante muy pesado llamaba a la puerta de la casa de los cerditos y el marrano, oing, oing, abrió la puerta ilusionado:

- Hola, ¿que desea?

- Tengo un encargo, ¿no será usted el marrano?

- Claro, ¿que desea?

- Tan solo una cosa, quiero verle aplastado. - decía el elefante al abalanzarse al marrano.

- ¿Porqué?

- Porque el dinero me esta esperando.

El elefante se tiró sobre el marrano, oing, oing, pero este ya había alcanzado un gran volumen y el elefante fue, tras una poderosa batalla, finalmente devorado.

- Hermano, ¡que ha pasado! - decía el cerdito ingeniero.

- Un elefante que me ha atacado, pero a este también me lo he devorado.

- Perfecto, pues bien, hoy te has dado una buena comilona.

- Si, pese a que la carne estaba un poco dura, el diente yo le he hincado.

Transcurrieron cinco años, y los dos cerditos volvieron a casa sonrientes.

- Hijitos, ¡que alegría!, voy a prepararos una gran comida - decía mama cerdita.

- Estamos encantados de, por fin, habernos reencontrado.

- Como veo, al fin os habéis forrado - decía papa cerdito.

- Claro, papa, tal como dijimos, la suerte nos ha sonreído. - decía el ingeniero.

- Si, hemos montado una tienda de alimento y de esta manera nos hemos forrado, ya que la carne nunca se ha agotado. - decía el licenciado.

- Por cierto, ¿donde esta vuestro hermano el marrano?

- Nuestro hermano, ha colaborado. Con el hemos elaborado la tienda que tanto fruto nos ha dado.

- ¿Es que habéis eliminado al marrano?

- Claro, papa, y de él hemos sacado carne en gran cantidad por cinco años que allí hemos estado. - decía el cerdito ingeniero.

- ¿Y como lo habéis eliminado?

- Fue sencillo, solo tuvimos que invitar a un elefante a comer y en la comida envenenarlo, tras hacer esto enviamos al elefante a que pateara a nuestro hermano, y el marrano, lo devoró como nosotros así habíamos planeado.

- Bueno, el marrano nunca fue muy espabilado, supongo que este es el resultado.

- Ya está aquí, lo que yo, con esmero, he preparado. - decía, mientras, mama cerdita.

Se sentaron en la mesa, y comenzaron a comer y a comer hasta que todo se lo hubieron terminado, finalmente felicitaron a la cocinera:

- Mama, este estofado es de lo mejor que he probado.

- Si, es incluso mejor que el estofado del mejor restaurante de Cityork.

- Por cierto, mama, ¿que clase de carne es?

- No lo se, lo único que se es que venía aquí envasado.

- ¡Joder con el marrano! Al final, él con su carne nos ha envenenado y con nosotros ha acabado...

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado, oing, oing.


Moraleja:

No te comas a tu hermano.

Puedes dárselo a los niños del tercer mundo que están pasando hambre...

1 Dejaron su granito de arena...

Anonymous Anónimo desde el desierto dijo...

Ya tenías que cortarme el rollo con el final....
Te sigo siguiendo. Besos. Honolulu

lun. feb. 06, 06:54:00 p. m. 2006  

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